
El Cholo y Moretón seguían al trote sin mi hasta la avenida.
Siempre era igual; una vez del otro lado ya casi que habías zafado.
Con la excusa de que me estaba meando había parado en el paredón de la embotelladora de soda.
“Meate encima pelotudo, parecés una mina” me dijo el Cholo.
A él le tocaba siempre el papel de sacado. Cuando a mi no me aflojaban toda la guita de una aparecía y empezaba a los gritos hablándole a Moretón:
“Así que no tiene mas guita? Hacelo cagar entonces que ya me cansó! Dale volale la cabeza al forro este y vamos!”
A veces reforzaba sus palabras con algún culatazo.
Y Moretón se acercaba sin pronunciar palabra, mandando a la recámara el cartucho de la nueve mientras masticaba el capuchón de una birome hasta dejarlo blandito como un chicle.
Era un misterio de dónde sacaba los capuchones, porque jamás le vimos una birome en la mano; incluso con el Cholo dudábamos de que supiera escribir.
Quizás todos los capuchones que se pierden en el mundo fueran a parar a los brutales dientes de Moretón.
Cuando al cliente se le mojaban los ojitos y los calzones del cagazo, ahí yo intercedía con el verdugo para después con tono amable decir algo asi como “Che, dale hacé memoria… fijate, seguro que se te olvidó algo. Dale que mucho tiempo mas no lo voy a poder calmar a mi amigo…”
Si había algo mas, siempre aparecía.
“D-dale, nene, d-después meas y hasta t-t-te la chupo si querés” me dijo Moretón. Por suerte no necesitaba hablar para laburar.
Las ganas de mear eran una excusa.
A la vuelta de la embotelladora vivía Sandra.
El miércoles había sido el cumpleaños y me pidió que no le fallara.
Si hasta le había comprado una cadenita.
Pasaba un ratito nomás, la saludaba y seguía viaje.
Los pibes sabían, no eran ningunos giles.
Los veía alejarse pero ya no escuchaba sus pies.
Ella me había pedido mil veces que me dejara de joder y que me consiguiera un laburo.
“Sos inteligente, nene; terminá la escuela y dejá de juntarte con esos dos que te están cagando la vida”.
Yo nunca me la creí a esa; yo inteligente? Solo soy un poco distinto, nada mas.
Y ya pasé el limite. Es un viaje de ida.
Nunca me voy a sacar de la cabeza los ojos abiertos para siempre del aquel remisero en Sarandí.
“No puedo, Sandrita, hay un montón de cosas que no sabés…”
Era linda la pendeja; dieciocho años había cumplido el miércoles.
Dieciocho años y andaba metida con un boludón como yo, mas cerca de los treinta que de los veinte y contrariamente a lo que ella decía, con la vida cagada de hace rato. Los viejos me odiaban.
Pobre Sandra, no solo tenía el mejor culo del barrio, encima era buena gente. Había empezado el CBC, era inteligente, linda… ni se porqué me daba bola, la verdad; siempre pensé que había alguien arriba que me mandaba buena onda a veces.
Como aquella vez en Sarandí; todavía no se como zafé.
Flor de cagada nos mandamos con Pablo, y él si que no la pudo contar.
Ni llegar a lo de Galíndez pude; iba a las chapas por Mitre con el pobre casi arriba de la palanca de cambios. Nunca me voy a sacar de la cabeza el olor de la sangre en el tapizado del Renault 19.
El fierro me pesaba en el bolsillo del pantalón y me complicaba la operación de sacudir, guardar y cerrarme la bragueta.
En eso estaba cuando sentí el estruendo a mis espaldas.
Y en seguida esa sensación que no me era desconocida.
Es raro, pero el plomo no duele. Arde, pica, pero de primera no duele.
La diferencia con la otra vez es que ahora no podía moverme.
Bajé la vista; ahí estaban las gotas de sangre tiñendo mi meada.
El golpe de mis rodillas contra la vereda lo sentí retumbar en el cerebro, tenía las gambas anestesiadas.
Cuando le llegó el turno a la cabeza, me pareció que era como un bloque de gomaespuma rebotando contra el cemento.
A lo lejos escuchaba voces borrosas, tal vez algún grito.
Sentí la cara mojada; quizás el meo, quizás la sangre.
No me dolía nada, pero si sentía cada vez mas frío.
Cada vez mas frío, cada vez mas tristeza.
Por Pablo, por el remisero, por mi.
Por Sandra, no. Yo le iba a terminar cagando la vida.
Creo que vi un zapato negro cerca de mi cara.
Creo que ese zapato giró mi cabeza hacia un costado.
Si me acuerdo haber visto la cara del cana que me tiró.
Y me acuerdo de haberme cagado de la risa en silencio de que el muy boludo me hablaba y yo ya no escuchaba nada. O casi nada, solo a mi corazón, latiendo cada vez mas despacio.
Y al final ya no escuché nada mas.
Y al final ya no vi nada mas, con mis ojos abiertos para siempre.
